Casi todos los que alguna vez
se han encontrado perdidos, aislados, lejos de la civilización, han
experimentado el miedo a lo desconocido, al dolor y a la incomodidad, a las
propias flaquezas. El miedo en tales condiciones no sólo es normal, sino hasta
saludable. El miedo agudiza nuestros sentidos y nos quita para afrontar, con
bastantes posibilidades de éxito, los peligros que nos rodean. Desde el punto
de vista fisiológico, es una descarga de adrenalina que se produce de modo
natural como mecanismo de defensa ante cualquier elemento hostil o simplemente
ante lo desconocido. Pero el miedo ha de ser enfrentado y debidamente
canalizado para que no se transforme en pánico. Este último es la reacción más
destructiva que puede darse en una situación de supervivencia. Las energías
desperdician, el pensamiento racional queda disminuido o completamente
destruido, y toda acción positiva con miras a sobrevivir se toma imposible. El
pánico conduce no pocas veces a la desesperación, menoscabando la voluntad de
supervivencia. Para hacer del miedo un aliado y del pánico una imposibilidad,
es necesario adoptar ciertas medidas de tipo mental que fomenten una actitud
positiva. Como ya se ha dicho, una adecuada preparación y el conocimiento de
las técnicas básicas de supervivencia inspiran seguridad, lo cual es un primer
paso hacia el dominio de sí mismo y del medio ambiente. Además, importa ocupar
la mente de inmediato con un análisis de la situación y de las tareas que se
imponen con mayor urgencia.
Para evitar accidentes y
afrontar con éxito una situación de emergencia depende por completo del nivel
de destreza alcanzado, y el capitán deberá ocuparse personalmente de todos los
aspectos del adiestramiento a bordo en los procedimientos de seguridad y de
emergencia, así como en el uso del equipo de seguridad. Los simulacros y
ejercicios periódicos deberán llevarse a cabo de forma realista en situaciones
imaginarias o simuladas.

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